El viernes pasado estuve reunido con unos amigos. No sé en qué parte de la conversación comenzamos a hablar acerca de mi situación tan “gaseosa” y cómo podía repercutir en el desarrollo psicológico de mis hijos.
El asunto era que yo no podría pretender hacerlos felices si yo mismo no era feliz, viviendo una especia de farsa, como si fuéramos todavía una “familia feliz” delante de ellos, pero durmiendo en una habitación distinta a la de su madre, sin tener casi ningún tipo de comunicación con ella, excepto para los asuntos domésticos y relacionados con los niños.
Tenían un “buen punto”; en el fondo yo sabía que lo tenían. Sin embargo, no podía concebir el hecho de separarme de ellos. O talvez lo que aun no puedo concebir es el hecho de separar a la familia. Esa de la que ellos se sienten tan ilusionados de tener. Sea como sea en este momento. Así de disfuncional, así de diferente, así de dura a veces.
Pero luego, una de las chicas dijo algo que me dejó más preocupado. Que lo que yo estaba haciendo era formar personitas que en el futuro, cuando les toque convivir con una pareja, pensarán que no es tan malo vivir de la forma como nosotros, sus padres, lo estábamos haciendo. No puedo sacarme esa idea de la mente. ¿Estaré acaso haciéndoles más daño, intentando protegerlos dentro de una burbuja?

